El control de jornada en el transporte tiene una particularidad incómoda: lo que importa no es la hora de entrada a la empresa, sino el tiempo efectivo al volante. En una planilla que se completa al volver, eso es imposible de reconstruir con precisión.
Lo que se registra solo
Un sistema conectado a la unidad sabe cuándo arrancó el motor, cuándo se movió el vehículo y cuándo se detuvo. Con la identificación del conductor al inicio del viaje, cada minuto de movimiento queda atribuido a una persona.
De ahí salen las dos cifras que se piden: horas de conducción acumuladas y duración de las pausas entre tramos. Ninguna necesita que alguien escriba nada.
El problema de los relevos
Donde más se rompe el registro es en los cambios de conductor a mitad de viaje. Si el relevo no se identifica, el sistema le sigue sumando horas al primero y el legajo queda mal para los dos.
La solución es operativa antes que técnica. El relevo tiene que identificarse siempre, y el sistema tiene que avisar cuando una unidad lleva demasiadas horas en movimiento con el mismo conductor cargado.
Qué guardar y por cuánto tiempo
Conviene conservar el detalle de los movimientos y no solo el resumen. Ante un control o un siniestro, el resumen dice que hubo nueve horas de conducción; el detalle muestra dónde, cuándo y con qué pausas.
El registro también sirve hacia adentro. Una flota que ve las jornadas reales suele descubrir que el conductor estira el día porque la programación le dejó una ventana imposible.
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